Mis vacaciones entre montañas y pájaros

La llegada al Eco Hotel La Juanita es desconcertante porque es inesperada: lo usual en la  mercadotecnia hotelera es desplegar, sobre el edificio, un anuncio luminoso que no deje dudas de qué establecimiento se trata. La Juanita está iluminada, pero sólo lo necesario. Reconozco el andador que aparece en el Internet. Las letras que identifican el Eco Hotel pueden verse a la distancia y están escritas sobre una barda. El viaje aéreo de dos tramos, desde México no fue cansado, apenas unas cuatro horas. Es mi segunda estancia en Colombia; la anterior estuve en Cali y ahora es Manizales donde no tengo conocidos.

Ricardo y Rocío son los anfitriones. También Mordelón y Cindy. Los cuatro me dan un pequeño viaje guiado al mirador. La Juanita está en una ladera que ofrece una mirada suntuosa del hervor de los árboles y de las suaves praderas. Matices de verde y nubes con rasgaduras de azul. Varias vacas y algunos caballos pacen. Es el atardecer fresco, los trinos escondidos en las ramas esperarán hasta la luz del día para complementarse con colores. Estoy estrenando paisaje y amigos y perros y en el umbral de una nueva patria.

Desde el mirador, que también es el desayunador y comedor, el panorama me obsequia un atardecer con nubes en ascuas que techan los caseríos que se ondulan sobre las montañas sumergiéndose poco a poco se sumergen en la penumbra. Ver un atardecer desde el balcón de La Juanita es conmoverse con tanta belleza y al rato está sin saber a quién dar las gracias.

A ochocientos metros en línea recta, está otro mirador: Chipre. Neruda opinó que era una fábrica de atardeceres. Esta expresión debió darse cuando a Neruda el día le sugería la lucha de clases sociales, háganme el favor, y los incendios de los atardeceres, la actividad fabril. Al ver nosotros las brasas carcomiendo las nubes pensamos más bien es una introducción al desconcierto amable de estar vivo y reconocer colores ya disfrutados en las nubes de La Quebrada de Acapulco. Esta sensiblería es un bono extra recibido en el disfrute de la jubilación.

Me asignan mi habitación. Otra sorpresa; yo asociaba lo ecológico con lo primitivo y tal vez incómodo. Por el contrario mi habitación sencilla tiene internet, tv a colores, electricidad y agua caliente. Las cobijas resultaron más que suficiente para las frescas noches que disfruté en La Juanita. En este primer día decido ir al centro de la ciudad que apenas pude ver  desde el interior del taxi. He de arreglar mi abono para las ocho  corridas de toros de la afamada feria taurina de Manizales, en Colombia.

Al día siguiente, salgo de la primera corrida y genero discusión entre una informante de la ruta de buseta que debo seguir y otro espontáneo que dictamina la tontería de la propuesta y la sabiduría de la que él pregona. No sé a quién hice caso. El letrero del autobús decía La Linda y yo recordé que había sido uno de los destinos que junto al de Cuchilla de El Salado y Los Zagales, serían los indicadores de que el vehículo era el orientado. Una de las pasajeras contestó por el chofer que sí me llevaría a la parada de La Juanita; para mayor seguridad ocupé el asiente a su lado.

Llegado el momento, ella misma le recordó al chofer el sitio porque se estaba pasando. Llegué a la terminal precisa que está ubicada a trescientos metros de curvas abajo de La Juanita. Es de noche y llueve y la única protección es un sombrero volteao. Emprendo el ascenso por la carretera con algo de sobresalto porque la vereda es engullida por la lluvia de fauces penumbrosas, frías y silenciosas. En lo alto de un poste invisible, un manchón de luz difusa ilumina el asenso, como la escalinata de El Exorcista. Divisé a un hombre que me precedía por cincuenta metros. Luego dejé de verlo.

Al llegar a la bifurcación que yo recordaba tan bien, tomé sin recelo la izquierda y al rato empecé a ser flanqueado por construcciones iluminadas, que no recordaba haber visto. Seguí adelante hasta que la oscuridad lluviosa no tuvo al fondo ninguna luminaria. Regresé y le pregunté a una silueta apostada tras un barandal. Me dijo que regresara hasta llegar a la bifurcación que resultó ser la que yo, supuestamente, conocía tan bien. Al rato, ya relajado, en el recibidor del Eco Hotel, conversé con Rocío y Ricardo y un hijo de ambos y un sobrino. Pasé a mi alcoba y me arrebujé en la cobijas amables y dormí un buen rato hasta que desperté en medio de la algarabía de unos huéspedes que habían incursionado en el dominio territorial de Mordelón y Cindy, mismos que se incorporaron a la bienvenida oficial de los anfitriones, Rocía y Ricardo.

Por las mañanas La Juanita cambia de vestidos. Confirmo lo que vi al llegar la tarde anterior: El Eco Hotel está engastado en unos cerros verdes, con neblina que les hace guardia hasta que las montañas, aliándose a la luz, retoman su territorio vital. Rocío me ha preparado un desayuno colombiano. Fruta, arepas, huevos, café y pájaros.

Estoy en el mirador que por las mañanas es habilitado de desayunador. El saludo matutino es una sucesión de aves que se turnan con gorjeos el acceso a un columpio que pende del alero, donde Ricardo deposita diariamente plátanos para saciarlos. Pico de Plata inaugura la comilona, y no comparte la tabla. Le llaman Pico de Plata pero por el fuego del color que lo descubre desde lejos, debiera llamarse “Lomo de Papaya”. Cuando lo considera abandona el banquete oscilante. Enseguida se posa Barranquero, tamaño chanate o cenzontle mexicano con cola en forma de tableta rematada con una pluma como moneda, que cuando lo considera oportuno la cambia por dos. Ocupa un mayor espacio que el anterior y yo, a ojo de buen cubero, le asigno un peso de sesenta gramos. Se columpia picoteando con convicción los plátanos. En las ramas de los árboles contiguos están otras aves. Ahí unos pequeños emplumados con cambios instantáneos del ojo derecho por el izquierdo con todo y cuerpo, ven los estragos del gigante. Llegará su turno, mientras algunos otros invisibles canturrean en las espumas verdes que a trabajos salen de la neblina. Como dijimos este gigante Barranquero o Barranquillo, termina su plumaje en una tableta que remata con una pluma en forma de disco. Cuando ocupa su lugar en la inquieta rama de espera, algún pretexto tiene para elevarla y la convierte en un signo ortográfico que abre la admiración de la mañana. Pero luego ya en el columpio comedor cesa su sobresalto y al bajarla, cierra la admiración. Al momento del hartazgo de plátano Barranquillo nos sorprende porque ahora resulta que son dos plumas que tuvo guardadas. Se desprende finalmente el gigante ahíto y el siguiente pájaro, conocido entre los árboles del rumbo como Degollado, tiene un triángulo rojo sobre su camisa blanca, se posesiona de la plataforma aérea y, como si no creyera en su suerte, vuelve el cuello sobre todos los lados, sin sentirse seguro ya que le toma medio minuto antes de ceder a la tentación. Parece no dar crédito a su suerte de estar frente a tal suculencia desprotegida. Aun así, tal vez el instinto de protección le recomienda cautela o, tal vez, lo hace para mantener mi intriga vigilante. Tan dueño de su tiempo como de su plumaje, se columpia arrogante. En el comedor se despliegan carteles informativos con las aves Cafeteras de Colombia y uno especializado en los loros. Entre los pájaros tan distintos hay uno  llamado Pinche o Copetón (Zonotrichia Capensis), que previsiblemente sería motivo de perturbación para los ornitólogos mexicanos. Todos los pájaros están prolijamente presentados en las cartulinas con todos sus colores, pero no explicados. ¿Por qué su variedad? Se justificarían los verdes que se protegen así, entre el resto del follaje ¿Pero los amarillos y rojos? ¿Por qué no se han extinguido si están tan a la vista de sus depredadores y del resto del mundo? ¿O están para que uno los disfrute?

El Eco Hotel La Juanita es rústico y equipado. Está atrapado en las redes sociales, pero más en los cerros enredados en matices de verdes. Hay acceso  tanto a las pantallas de tv como a un pequeño lago donde dos gansos creen estar a salvo de Mordelón que los corretea y que no tiene empacho en echarse a la fría agua con tal de cumplir con su instinto cazador. No sólo los gansos protestan, también el coro anónimo de gorjeos así como las carpas que hierven momentáneamente en la superficie y luego se escabullen con reflejos plateados. Mientras Mordelón ajeno a la conmoción que siempre porta, ya se sacude en la orilla el exceso de agua y de paso crea un arcoíris.

Mordelón no es tan temible como su nombre. Algunas veces se le ve acosando a los gansos sobre el prado y ante las alas abiertas y los graznidos desafinados guarda una distancia que no osa acortar. Luego, regresando a su inclinación por la compañía humana, destraba de los ramajes inferiores un trozo mordizqueable y me lo acerca para que lo arroje lejos y así darle la oportunidad de compartir conmigo la diversión que sus genes juguetones le han programado.  

En la finca también hay dispuesta una recua de caballos para los visitantes que quieran  recorrer los perfiles de la serranía cabalgando dócilmente. Además, unas caídas de agua próximas de repente abren su murmullo de siglos y son irresistibles para un baño termal.  Luego puede uno ir a la montaña nevada y al regreso de la aventura encender la fascinación de la chimenea como premio. Las arepas, las granadas, los plátanos, el café, la sonrisa de Roció, la diligencia de Ricardo, la tibieza de las cobijas, ¿por qué tienen que acabarse los días de vacaciones? Rocío ha escrito distintos pensamientos en los senderos que descienden cuidadosa y ascienden penosamente por los costados del cerro, uno dice: “La naturaleza agradece los cuidados” Yo quiero complementarlo: “y los humanos los atardeceres”

Ya frente a la chimenea que tengo en La Higa, México, pienso que la cantidad de chimeneas en que uno se queda absorto, equivale a las patrias que uno tiene.   

Eugenio Guerrero

La Higa, México. Marzo de 2012 

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